No sé si en el Rock está la respuesta a todo, pero en mi vida, desde luego, sí.
Roberto Iniesta.
In memoriam.
Yo no sé la de veces que han dado por muerto al rock and roll. Pues con las ganas os vais a quedar. Aquí seguimos, cabrones.
Josele Santiago
El rock, primero rock and roll, luego rock’n’roll y finalmente rock a secas, es el género que supuso la globalización de la música popular y la expansión definitiva de la industria musical. Su difusión coincidió con las dinámicas mercantilistas de la posguerra mundial y la internacionalización de la cultura estadounidense, sobre todo en Europa occidental y el resto de América (Gillet, 2008). El origen, aunque aún discutido en la musicología, se sitúa entre los años 1945 y 1955, cuando se produce el cruce entre algunos estilos derivados del blues, el rhythm and blues, el folk y el country (Gioia 2020). Se trata, por tanto, de un género mestizo en todos los sentidos, herencia de patrones afroamericanos y de los ya asentados emigrantes europeos, de ahí su aparente indefinición y la dificultad para demarcar sus límites.
El éxito de este género híbrido fue inesperado, generó numerosos escándalos y desencadenó una gran repercusión mediática que marcó la cultura juvenil de toda una generación (Cohn, 2022). La espontaneidad e inmediatez, el carácter provocativo (tanto en las letras como en el baile y la interpretación) y sus rasgos musicales más significativos (la electrificación de los instrumentos, la simplificación de las bandas, el tempo inusualmente rápido) triunfaron a través de las grabaciones e interpretaciones de Bill Halley, Elvis Presley, Buddy Holly, Eddy Cochran, Jerry Lee Lewis, Little Richard, Chuck Berry, Carl Perkins y otros tantos. Sin embargo, no fue hasta la década de 1960 cuando el rock quedó conformado definitivamente como género, tras la aportación de las bandas británicas que primero se nutrieron de los éxitos estadounidenses para posteriormente explorar creativamente sus posibilidades, tanto desde el punto de vista literario como en el propio sonido. Protagonistas de ese proceso fueron, por supuesto, The Beatles, The Rolling Stones, The Kinks, The Who, The Pretty Things y multitud de bandas que fueron abriendo las posibilidades de evolución del rock en sus numerosos estilos, desde finales de los 60 hasta los 80: la psicodelia, el garage, el hard rock, el heavy metal, el rock progresivo y, finalmente, el punk.
En su proceso de difusión y globalización, el rock llegó temprano a las sociedades hispanohablantes, si bien con una peculiaridad que marcaría una diferencia fundamental con respecto a otras. Más allá del precedente de “La Bamba”, primer éxito del rock and roll en español, obra del californiano Ritchie Valens, los primeros grupos mexicanos, cubanos, argentinos o españoles recurrieron a la traducción de las letras y a la imitación del sonido de los hits estadounidenses y británicos, tal y como sucedía en Italia o Francia (Iglesias, 2025; Marc, 2013). Sin embargo, a partir de mediados de los 60 la propia creatividad de las bandas se fue imponiendo a la dinámica de estas versiones. Este fue el caso de bandas como los Saicos (Perú), Los Salvajes (España), Los Jaivas (Chile) o Pappo’s Blues (Argentina). Desde entonces, la inmensa mayoría de las bandas compone directamente en su lengua materna contribuyendo así a la autenticidad del discurso y a su capacidad, tanto de expresividad, como de identificación con el público. De esta forma, el español puede considerarse la lengua en la que más difusión ha encontrado el género más allá del original inglés.
En España, sin embargo, este proceso no pudo culminar hasta mediados de los 70, cuando bandas pioneras como Triana, Burning o Ñu publican sus primeros trabajos y se dan las condiciones para una verdadera explosión del rock: a partir de 1978 se desarrollan, en un tiempo récord, todos aquellos estilos que habían quedado soslayados por la industria en la década anterior (Ordovás, 1987). Fruto de este empeño de actualización y efervescencia creativa son la aparición y el desarrollo de algunas de las bandas más emblemáticas del rock urbano (Leño), del heavy (Barón Rojo), del punk (Siniestro Total, La Polla Records) y el comienzo de la fusión con otros géneros, como el flamenco (Veneno, Pata Negra). A estas las seguirán muchas más, en una expansión sin precedentes que se extenderá hasta el final de la década: Ilegales, Loquillo y Trogloditas, 091, Barricada, Los Enemigos, Héroes del Silencio… Entre los principales impulsores del género durante y a partir de los años noventa destacan las figuras de Roberto Iniesta, Iñaki Antón “Uoho” y Fito Cabrales, tanto en sus proyectos en común como por separado, y la continuación espiritual que supuso Marea en el cambio de siglo.
A pesar de la indiscutible popularidad del género durante las tres últimas décadas del siglo XX, tanto a nivel mediático como comercial, el rock siempre se concibió a sí mismo, paradójicamente, como una música rebelde y contra corriente, contestataria, que tiende a rechazar y combatir los valores predominantes; de ahí su conexión con la contracultura, el underground y los movimientos antisistema (Fernández Serrato, 2023). A ello contribuyen la energía de su performance y la contundencia de su ritmo, pero sobre todo la autenticidad, entendida aquí como la capacidad para construir un discurso característico con sus propios medios (Moore, 2002; Keightley, 2006). Su sonido destaca, asimismo, por dos valores poco apreciados en el resto de géneros de la música popular y que ayudan a distinguirlo: la estridencia, provocada por la experimentación con los instrumentos eléctricos (guitarras, bajos, teclados, etc.), y una cierta tendencia a la rudeza, basada en la preferencia por las interpretaciones imperfectas, sencillas y espontáneas, generalmente enunciadas desde un rango de voz muy cercano al natural.. A estos rasgos constitutivos como género (Fabbri, 1981) el rock suma como características musicales la tendencia al ritmo de 4/4, el uso de acordes abiertos, de la escala pentatónica de blues y la libertad de la incorporación de melodías sencillas y efectivas (Madoery, 2019; Clerq y Temperley, 2011 y 2013).
En el caso de las letras, para poder comprender sus rasgos es necesario acudir a los estudios lingüísticos, discursivos y literarios. Un buen ejemplo es el análisis de las relaciones intertextuales que las letras establecen con textos literarios previos (principalmente poéticos), pues constituye una de las principales y más asentadas vías de aproximación a las letras de canciones desde los estudios literarios. La musicalización es la forma más característica de relación entre una canción y un poema. Este recurso, común en los géneros tradicionalmente considerados cultos (ópera, lied, zarzuela), ha dominado la escena de la canción de autor y, también en gran medida, la del flamenco. Sin embargo, la relación del rock con la literatura no ha resultado tan fructífera como en esos otros géneros, pues han sido escasas las musicalizaciones directas de textos previos. En la escena de rock española, quizá el caso más popular y llamativo sea la canción “Ama, ama, ama y ensancha el alma” (1992), de Extremoduro, que musicaliza un texto de Manolo Chinato. Las letras de Roberto Iniesta (tanto en Extremoduro como en Robe), de hecho, acumulan una gran cantidad de referencias intertextuales a autores literarios canónicos, como Antonio Machado, Pablo Neruda o Federico García Lorca (Decarlini, 2017). Otro caso destacable y conocido es el de “Ciudad de los gitanos” (2004), de Marea, musicalización del “Romance de la Guardia Civil española” (1928) de Federico García Lorca. Por otro lado, tampoco ha sido frecuente la intervención de letristas profesionales, aunque existen excepciones, como las composiciones de Luis Alberto de Cuenca para la Orquesta Mondragón o Loquillo.
Una de las posibles explicaciones para esta carencia es que, en el rock, el modelo de creación colectiva de las bandas y la necesidad de autenticidad e identificación con el público, que busca referentes comunes y contemporáneos, animan a la creación de letras originales. A pesar de este distanciamiento con respecto a la tradición literaria, ya de forma temprana se destacaron los valores discursivos de sus letras (Christgau, 1965; Goldstein, 1969), subrayando su capacidad expresiva y comunicativa, su estilo directo y espontáneo y su espíritu urgente, lo que no ha impedido la creación de canciones con mayor contenido simbólico y referencialidad literaria. Aunque son escasos los estudios al respecto, en España se han destacado los valores literarios de las composiciones de Roberto Iniesta, Josele Santiago, Kiko Veneno, Aurora Beltrán o Enrique Bunbury (cuyas letras están, precisamente, también plagadas de intertextos literarios, como ha demostrado Fernando del Val [2020]), habiendo sido recopiladas en algunas publicaciones (Grijalba [2008] y Litoral [2010], en el caso de España, o Álvarez Núñez [2018], en el caso argentino). Un objeto de estudio actualmente en auge es la discografía de Roberto Iniesta, especialmente el disco conceptual La ley innata (2008), analizado en su naturaleza intermedial por Calderón de Anta (2022), y que ha dado lugar también, junto con su continuación, Mayéutica (2021), a sendos Trabajos de Fin de Estudios (Stuveback, 2017; Lerín Cámara, 2025).
Estas aproximaciones se insertan en la segunda de las principales vías para abordar, desde los estudios literarios, las letras de canciones: analizar su literariedad, los rasgos discursivos que constituyen un uso estético del lenguaje, sostenido sobre un sistema de convenciones culturales previas. Javier Krahe, conocido cantautor madrileño, afirmaba que las letras de canciones rock en raras ocasiones cuentan historias, sino que describen o se lamentan, en primera persona, por una situación amorosa desdichada. Zamora Pérez (2000) viene a corroborar esta impresión al analizar los motivos petrarquistas y neoplatónicos existentes en las canciones de, entre otros, el género rock. A este tópico debe sumarse la expresión de la irreverencia social, política y religiosa (Gregori i Gomis, 2010), así como la arrogancia, la exaltación de la libertad y el individualismo, el consumo de drogas y la marginalidad, aunque estas últimas varían en función de los autores y bandas. En esta línea, también se han desarrollado destacables aproximaciones a la letra de canción como material literario (principalmente poético) orientadas a la enseñanza media (García López, 2013; Gómez Capuz, 2009; Martínez González, 2019). Pese a todo, no existe por el momento un estudio pormenorizado de las características discursivas específicas de este género, si no es en relación, como en el estudio de Zamora Pérez, con otros géneros afines, inclusive la manida etiqueta de pop-rock. Actualmente, Salvador Calderón de Anta trata de responder a este vacío crítico en su tesis doctoral en elaboración, Poesía y poética del rock en España. En cualquier caso, el estudio sobre las temáticas, tópicos, estructura y elementos retóricos de las canciones de rock no ha hecho más que empezar.
Salvador Calderón de Anta y Abdón Torresano Ramón
Fecha de publicación: 1 de octubre de 2026
Última actualización: 16 de octubre de 2026
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